El Describidor


Los puentes de Praga
enero 17, 2008, 10:30 pm
Filed under: Sensualidad

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Es el 23 de noviembre de cualquier año de la segunda década del siglo 21. El hombre de cabello entrecano, vestido con pijamas damasquino, abrió la ventana del Hotel y el frío matinal de Praga penetró en la pieza. La bruma cubría los techos milenarios de la ciudad y a lo lejos se perfilaba la imagen de los puentes. Uno tras otro, separados por lenguas de río, mostraban sus siluetas de arquitecturas mágicas y sobresalían como figuras mitológicas entre la niebla que comenzaba a levantarse desde las gélidas aguas del río. Los puentes de Praga. Que recuerdos y qué símbolos arrastraban esos puentes en su vida silenciosa de esa ciudad finamente bullanguera, en que el jazz se mezcla con lo clásico y en que la gran orquesta compite con los clarinetes callejeros y el canto de los pájaros. En que el baile de los vehículos modernos por las callejuelas compite con el tronar de los trolebuses añosos.

Mil recuerdos, tallados en piedra en la memoria, pugnaban por florecer. El hombre, de mirada cansina pero aún firme, miró a su mujer que dormía en la gran cama renacentista llena de volutas y esculturas en sus dinteles. Su cara serena, su respiración constante y profunda, su cabello desperdigado en abanico sobre las almohadas y las sábanas de seda. Cuánto tiempo había pasado antes de poder cumplir la promesa hecha a su padrastro, viejo europeo recalado en las tierras del sur empujado por la guerra: “antes de morir tienes que conocer Praga y sus puentes, y tienes que ir con el amor de tu vida porque esa ciudad es mágica”. Ahí estaba, por fin, en Praga, sintiendo la magia en el aire de la ciudad. La voz cálida de la amistad resonaba en los recuerdos, como apoyo fiel y desinteresado apoyando en épocas de desencuentros, “deja que el tiempo transcurra, que a veces diseña soluciones que nos dejan patitiesos”. El tiempo había hecho su trabajo, borrando incomprensiones, creando nuevos vínculos, reforzando relaciones. Todos tenían razón, la ciudad de Praga era mágica, el tiempo había trabajado, los puentes seguían allí como viejos guardianes y testigos de la historia.

El día anterior fue de celebración. El mejor almuerzo, un hotdog comprado en un carrito callejero lleno de alegorías y devorado entre risas. Las visitas a galerías de arte, llenando el espíritu de belleza y armonía. El descansar plácido en los asientos señoriales de los parques umbrosos. La gran gala en la ópera. La mejor cena en el mejor restaurante, en que lo fino se mezcló con lo delicioso y lo extravagante. El caminar tomados de la mano por las calles adoquinadas y silenciosas volviendo al hotel de figura histórica. El amor practicado en formas conocidas y desconocidas bajo pinturas y esculturas llenas de siglos y de historias. Todo fue perfecto.

La mujer abrió los ojos, se desperezó estirando sus brazos, paseó su vista por la habitación reconociendo cada dibujo, moldeando cada figura, y luego miró al hombre que la observaba desde la ventana a los ojos. Ambos se sumergieron en las profundidades de sus almas, compartiendo confidencias silenciosas, sonriendo picarescamente al recordar caricias, estremeciéndose al experimentar de nuevo sensaciones. Las almas hablan por los ojos, al igual que los enamorados.

El hombre dejó la ventana, la cerró suavemente, recogió una caja alargada de madera fina de la mesita, se acercó a la cama y con un beso en la frente se la entregó a la mujer. Era una flor, una sola rosa roja del rojo más rojo que se podía concebir, con un par de dijes de oro y platino entrelazados: una gata de porte remolón y cariñoso, y un bisonte de aguas robusto y protector. Extraña mezcla, extraña pareja, pero así es el amor: extraño.

“Feliz cumpleaños, querida”.

En el cielo, el padrastro sonreía y se unía en espíritu a la escena, y miles de generaciones elevaban parabienes, mientras el tiempo desenvolvía su velo y la cubría.

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I liked yours blog!It is very sexual.

Comentario por Charli




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