El Describidor


Recuerdos autobiográficos: “Cacería en el monte”
enero 29, 2008, 12:42 pm
Filed under: Cultura, Sensualidad

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Era el año 1982, Octubre más o menos. Después de 5 horas, salvajemente cabalgadas en un jeep de la época de la guerra infestado de repuestos y reparaciones de toda marca y origen, y luego de haber solucionado 3 embarrancamientos en las lodosas orillas de la senda (que camino no era), los 4 “cazadores” llegamos sanos y salvos, y sobretodo vivos, a las orillas del madrejón. Un buen lugar para acampar, y asegurar la provisión de agua (por si nos faltaba) fueron las primeras medidas; un par de botellas frías de cerveza Paceña al gaznate, la segunda. En realidad, los cazadores eran 3 porque yo iba de invitado, aprovechando la ocasión imperdible para conocer esos pequeños sub-mundos de microclima extraño que son los madrejones en los rios amazónicos. Pese a ello, mi revolver al cinto, mi puñal colocado en la espalda con el mango convenientemente al alcance de la mano por sobre el hombro contrario, y mi escopeta calibre 16 cargada con plomo hechizo me hacían ver impresionantemente peligroso; me imagino que las alimañas del monte todavía deben estar temblando, pese a los 20 años transcurridos, al recordar al chileno aventurero de 40 robustos años y pinta amenazadora.

La cacería en la selva no es como en las películas. No existe eso de la excursión con el Gran Cazador Blanco adelante, la niña con ojos románticos a su lado, y un montón de indios o negros detrás portando el equipaje. Lo que existe es una selva tupida, a veces impenetrable, a la que hay que ganarle espacio a punta de machetazos, y una manada de mosquitos que pican como si tuvieran espadas en sus picos y columna vertebral en sus espaldas. Y una constatación: todos los mosquitos están enamorados de uno. Por razones insospechadas, a mis amigos no los molestan; es conmigo la cosa, y pronto comienzo a comprender el por qué de las ropas gruesas pese al calor y la humedad: en algún momento de su evolución han adquirido la capacidad de traspasar las ropas más gruesas con sus finos estiletes. A los pocos minutos de llegado comienzo a reconocer su bienvenida en la espalda, en los brazos, en la cara, en el cuello, en todas partes. Desesperado le grito a mis compañeros “¿Y qué hago ahora? Me están matando estos hijos de puta”. Y en medio de la carcajada gritan al unísono: “¡Coca, papito, coca!”.

Así no más había sido: mascar coca es la solución. Yo ya conocía la hoja de coca, la había mascado en otras excursiones no tan sacrificadas como ésta, y sabía de su sabor amargo y salobre por el bicarbonato, y de la energía que daba a poco de sorber su jugo. Pero éste era un caso desesperado. Ni siquiera perdí tiempo en separar la hoja de su jipurí y completita se fué el puñado a la boca junto con otro puñado de 2 paletitas de bicarbonato. A eso una pitada de tabaco negro del más negro que se podía encontrar, el Casino, y a esperar mientras los mosquitos seguían con su festín en mi cuero. Al cabo de unos 15 minutos sentí que la boca y los labios se me dormían (recordé a mis odiados dentistas y sus agujitas), que la piel se ponía insensible… y que los mosquitos comenzaban a menguar en mi humanidad. El dolor de las picaduras iba desapareciendo hasta llegar a ser el triste recuerdo de la llegada. Y como un milagro, me sentía vivo y energético como nunca. Si me ordenaban dar un salto hasta la punta de aquel árbol, tengan por seguro que lo hacía… y lo lograba. Si se me cruzaba un elefante… lo estrangulaba.

Como les decía, la cacería en la selva no es caminando, es esperando. El procedimiento se llama espíe, porque consiste en fabricar un barandal de troncos y ramas en los árboles, a una altura de unos 10 o más metros, e instalar un campamento improvisado en ese pequeño balcón, con todo lo necesario para estar incómodo esperando toda la noche, hasta el clarear siguiente. La ubicación normalmente se elige en las sendas de los animales, reconocidas por las pisadas que forman un caminito bajo esos árboles. Y la cacería consiste en esperar pacientemente que el ruido delate el paso de algún animal por debajo del espíe para encender de golpe la poderosa linterna que se amarra al cañón del arma y enceguecer a la presa. En esos segundos en que ésta queda cegada e inmóvil, el cazador debe alojarle la bala o el plomo directamente en la cabeza; si no lo logra, el animal herido escapará y difícilmente será encontrado nuevamente, quedando condenado a la cruel muerte del desangramiento. Un cazador que se precie de tal debe evitar hacer sufrir a su presa. Ahora bien ¿cómo se aguanta esa noche, arriba en la selva, a veces pasando frío, siempre húmedo, sin moverse ni hacer el más mínimo ruido? ¡Con coca, papito, con coca!

¿Cómo nos fue esa noche? Mal. Muy mal. Sucede que a la hora de estar espiando, y luego de haber visto pasar unas cuantas presas que no fueron molestadas por su poco tamaño, escuchamos el bufeo grueso y carrasposo del tigre (leopardo americano), y aunque no lo vimos (porque un tigre no se ve en la selva, a no ser que esté muerto) lo presentimos porque su ruidosa respiración nos venía de varios lugares alrededor nuestro. Desgraciadamente para nosotros, este molesto y peligroso animal también quiso cazar en nuestros dominios e hizo huir a toda la fauna en un par de kilómetros a la redonda. Quizá por eso nos estuvo rondando durante una hora allá abajo, porque a falta de pan, buenas son las tortas. Varias veces vimos refulgir el par de bolones verdes de sus ojos, pero nada más.

A la mañana siguiente, ateridos, lanzamos una andanada de disparos hacia el monte circundante para hacerlo escapar por si nos estaba esperando, y bajamos de nuestro espíe rumbo al campamento para gozar de un buen desayuno montaraz. Y allí encontramos la huella del bruto: nuestras provisiones en el suelo, las tapas de las cajas destruidas con el arañazo de una garra potente, y ninguna de las piezas que hubieran sido de su gusto estaban disponibles. Entre ellas, unos jamones brasileros que eran una delicia.

De todas maneras, lo pasamos bien. Unas pirañas diestramente pescadas nos hicieron el honor de darnos nuestra ración diaria de proteínas, y el almuerzo consistió en pavita, certeramente abatida por un disparo de salón 22. Pero… nos quedamos con las ganas de comer y traer antas, ciervos, u otro animal de caza mayor.

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