El Describidor


Recuerdos autobiográficos: en la selva, agua y zapatos
enero 30, 2008, 2:23 pm
Filed under: Cultura, Sensualidad

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Por esos años de los 80´s, en que viví la etapa aventurera de mi vida, aprendí a sobrevivir en la selva. Tuve muchos maestros, la mayoría camioneros o madereros, y unos cuantos cazadores. También fueron aulas para mí la convivencia en estancias perdidas en medio de esa nada verde y espesa. Cuando uno se interna en la selva amazónica sólo debe preocuparse de dos cosas: el agua y los zapatos. No de la comida, que en la selva abunda cuando se sabe buscar. Aunque desde el aire todo se ve verde, frondoso, exhuberante, abajo de los árboles la realidad es otra. Se pueden caminar kilómetros y kilómetros sin encontrar ni un solo charco sobreviviente del último aguacero, por lo que el llevar agua es casi la única obligación del caminante o viajero. No pocas veces se ha tenido que recurrir al agua de los radiadores, cuando se viaja en movilidad, con el consiguiente riesgo de terminar recalentándola, o de la propia orina cuando se viaja en dos piernas. Con un ambiente cuya temperatura promedia anda por los 37 grados y la humedad por el 90% , la deshidratación es una realidad, no una posibilidad.

Y los zapatos. En ese terreno pedregoso, agresivo como lija, en que se suda solo con estar parados, los zapatos no duran nada. Lo primero que aparecen son los hongos, que en muy poco tiempo se transforman en dolorosas llagas entre los dedos. Y cuando la suela cede y se separa del cuerpo del zapato, asistimos horrorizados a la invasión de todo tipo de bichos a nuestros cansados y llagados pies, que van desde los boros (molestos y dolorosos pequeños insectos que taladran la piel y causan un dolor punzante) hasta los cienpies de la selva, enormes y llenos de toxinas, cuya picada es por demás dolorosa. Es la segunda obligación: un buen par de zapatos, y ojala un par de reemplazo en el carro o colgado del hombro. Hoy este problema está solucionado con los modelos modernos en que el calzado es un todo fundido en gomas especiales, pero en los tiempos en que conocí la selva amazónica… la única alternativa era utilizar ese tipo de zapato militar, los llamados “bototos”. Y esos… duraban muy poco en esos churubitales.

La ropa, bueno, en esas soledades y siempre que se tenga a la mano una buena provisión de hoja de coca y sus agregados, o se sepa sacar de la misma selva los correspondientes antibichos (que existen, en la forma de hojas de determinados árboles que se frotan en la piel), uno podría vivir completamente desnudo por días y días. La temperatura ambiente no es problema, ni siquiera cuando llueve porque en la selva llueve agua tibia.

Respecto a la comida, abunda en la selva. Miles y miles de insectos, todos sabrosos (especialmente los gusanos de las palmeras, blancos y gorditos, llenos de grasa). Cientos de serpientes, de todos tamaños, cuya carne tiene un sabor muy parecido a la carne de gallina. Animales pequeños, roedores, fáciles de cazar en sus madrigueras. Si se tiene cómo, se pueden cazar animales grandes o aves. Y si no se tiene, se pueden construir armas muy efectivas, como el arco de madera dura y flexible como la teca y flechas de palma o palos rectos. Las cuerdas, de lianas delgadas. Con un arco bien construido se puede cazar y/o pescar a voluntad. En general, eso de morirse de inanición en la selva sólo se ve en las películas cuando se sabe sobrevivir. Por lo mismo, es muy conveniente no internarse en ella cuando no se sabe.

De todas las comidas exóticas que recuerdo, una sobresale. Por esas tierras de la amazonía boliviana, en la zona de Roboré, y en valles perdidos yendo hacia el Chaco, estábamos recorriendo una senda dejada por las antiguas exploraciones de Yacimientos Petrolíferos Fiscales en un jeep bastante bueno y robusto aunque no confortable (Toyota, por supuesto, de esos de antes), cuando nos topamos con una “tribu” de Ayoreos. En realidad, esos selvícolas no viven en tribus sino en comunidades de hasta 20 o 30 personas, todos desnudos (hombres y mujeres), trashumantes en esa selva eterna, que viven de la caza y la recolección. A propósito de su desnudez, debo decirles que las mujeres no tienen vellos púbicos, y los hombres casi nada; las mujeres exhiben una simple rajadura y los hombres un pene sin la corona de pelos que tenemos nosotros. Quizá por su estado de desnudez tampoco tienen ese erotismo a flor de piel del que hacemos gala nosotros, ya que ni siquiera chistes respecto al sexo cuentan. Una curiosidad que se puede extrapolar a todos los selvícolas de esta amazonía.

Llegamos en un momento en que estaban reunidos alrededor de la “olla común”, que en realidad era un espacio entre el corro formado por los hombres. Las mujeres, aparte. En el centro y en medio de unas brasas se veían varias tatarugas (tortugas de monte, de buen tamaño) volcadas por su espalda asándose en su propio jugo dentro de su caparazón. Las tatarugas se ponen vivas en el fuego, para que en su agonía (que es muy corta) entreguen todo su jugo. También habían unos cuantos monos manechis, cerca de las brasas. Los monos manechis, de color negro y talla de un niño de 6 años más o menos, son lo más parecido a humanos que he visto en la selva o en los zoológicos. Son como unos niños, gritones, ágiles saltadores entre las ramas de la arboleda, y desgraciadamente para ellos tienen una característica: poseen la carne más sabrosa que se puedan imaginar. Es como comerse a un niño, porque una vez que el fuego acabó con los pelos negros e hirsutos, sus miembros no hacen diferencias con los de un niño carbonizado. Bueno, ese era el menú y eso comimos. El primer manechi que comí, mucho tiempo atrás de ese almuerzo, me causó la obvia repulsión de estar comiéndome a un semejante; pero a partir de ahí, sólo me dediqué a gustar de su sabor. Entre un trozo de carne de ciervo y de mono manechi, me quedo con mi antecesor contemporáneo. Mil veces. Y la carne de la tataruga no le viene muy en zaga: sabrosa, grasosa, de sabor parecido a la carne de un cochinillo (chanchito destetado), merece estar en mesa de reyes.

Otra carne exótica que he probado es la de anaconda, cuando he andado por la zona de Riberalta. Carne seca, de sabor mezcla de pescado con gallina (quiabó le dicen a ese sabor tan característico), no es algo como para buscar. Pero en casos de carencia saca de apuros porque las anacondas son fáciles de encontrar: basta alejarse de las zonas pobladas y las verán enroscadas en si mismas, tomando el sol en las arenas de las quebradas que dan a los ríos amazónicos.

Y así. Recuerden: agua y zapatos. La comida abunda… y es sabrosísima.

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