El Describidor


Desesperación y pesimismo: Leonid Andreiev (Rusia, 1871 – 1919)
febrero 2, 2008, 8:53 pm
Filed under: Cultura, Sensualidad

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Escritor ruso, nacido en Oriol, estudió Derecho en las universidades de Moscú y San Petersburgo. Al comprobar que el Derecho era poco lucrativo se hizo reportero de un periódico de Moscú. Hacia 1900, cuando sus primeros relatos fueron reseñados entusiásticamente por el escritor Maksim Gorki, se inició realmente la carrera literaria de Andreiev. Desde entonces hasta su muerte fue uno de los escritores rusos más prolíficos y publicó muchos relatos, retratos y dramas, en los que evoca un estado de ánimo desesperado y un profundo pesimismo. Obras narrativas suyas traducidas al castellano incluyen La risa roja (1905), Los siete ahorcados (1905), Las tinieblas y otros cuentos (1916) y Diario de Satanás (1921). Entre sus obras de teatro destacan El pensamiento (1902), La vida del hombre (1906), Anfisa (1910), y Océano (1911).

Fuente: epdlp.com

El Amó (fragmento)

Max estaba completamente convencido que él era el primero en descubrir el método de amar tan intensamente, sin tantas restricciones, tan apasionadamente, y contemplaba con desprecio a todos los que habían amado antes que él. Aún más, estaba convencido que aún después de él nadie podría amar como él lo había hecho, se sentía apenado porque con su muerte el secreto del verdadero amor se perdería de la humanidad. Pero siendo un joven modesto, atribuía parte de su proeza a ella, a su amada. No es que ella fuera la perfección en si misma, pero se le acercaba mucho, tanto como un ideal se podría acercar a la realidad. Había mujeres más bonitas que ella, mujeres más sabias, pero ¿existió alguna vez una mujer más buena? ¿Existió alguna vez una mujer en cuyo rostro estaba tan claro y distintivamente escrito que sólo ella era merecedora de amor, de amor infinito, puro y con devoción? Max sabía que no había existido nunca, ni existiría una mujer así. Sobre esto, no tenía una singularidad especial, tanto como Adán no las tenía, tanto como usted, mi lector, no las tiene. Comenzando por la anciana Eva y terminando por la mujer sobre la cual sus ojos estaban dirigidos -antes que usted leyera estas líneas- la misma inscripción era leída clara e invariablemente en el rostro de cada mujer en cierto instante. La diferencia estaba solamente en la calidad de la tinta.

La Flor Aplastada (fragmento)

Tenía seis años, y el mundo era enorme para él, vital y atractivamente misterioso. Conocía el cielo perfectamente. Conocía el azul profundo del día, y las nubes de pechos blancos, plateados y dorados que flotaban sobre él. Siempre las miraba recostado en su espalda sobre la hierba o sobre el firmamento. Pero no conocía las estrellas tan bien, porque se iba a dormir temprano. Conocía y recordaba solamente una estrella – la verde y brillante que se elevaba en el cálido cielo justo antes de que se fuera a la cama, y esa parecía ser la única estrella para él. Pero sobre todo, conocía la tierra en el patio, en la calle y en el jardín, con su riqueza inagotable de piedras, de hierba aterciopelada, de arena caliente y del maravillosamente variado, misterioso y delicioso polvo que la gente mayor no distinguía en absoluto debido a su enorme tamaño y altura. Todo era enorme para él -las cercas, los perros y la gente- pero no lo sorprendía, ni lo asustaba en absoluto; eso lo hacía todo particularmente interesante; transformaba la vida en un ininterrumpido milagro.

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