El Describidor


Recuerdos autobiográficos: una aventura industrial… o perder con estilo.
febrero 3, 2008, 2:50 pm
Filed under: Cultura, Sensualidad

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En mi vida aventurera he visto y hecho de todo, desde lo más racional hasta lo más descabellado, desde lo justo a lo injusto, desde lo legal a lo ilegal. Ahora sólo son recuerdos medios borrosos, algunos jocosos y otros no tanto, pero todos clasificados en la gaveta de la experiencia. Una vez me dediqué a perder dinero, a sabiendas. La historia comienza simple: alguien, un Pedro cualquiera, me debía unos US$ 30 mil, y no tenía cómo pagarme. El sabía que deberme no era bueno para su salud. Todo el mundo pasa(mos) por apreturas y el pago de las deudas son lo primero que se postergan, aunque no exista vocación de “tumbar” sino de pagar; en esos casos todos invocamos comprensión para con el pobre deudor, pero el caso es que ahora me tocaba a mí hacer de generoso y comprensivo. Y les aseguro que cuando uno es el acreedor, desaparece el espíritu cristiano y hasta la buena crianza. El caso es que un día llené mis alforjas de adrenalina y encaré a mi inocente deudor con cara y ademanes de querer matarlo a palos… y parece que se asustó y me pagó. Me pagó con una fábrica de helados que tenía en La Paz, y que debía recoger de allá. Perdí casi la mitad de la deuda en el acuerdo pero, a mal pagador bueno es cualquier cosa. Total, unas veces se gana y otras se pierde. Los negocios son así y la gracia es tomarlo con calma y divertirse. ¿Qué se saca con enojarse si ni en la cárcel ni en el cementerio el deudor nos podría pagar? Así, sin pedirlo ni rezarlo, me convertí en industrial.

Entonces heme ahí, aumentando el valor de mi pérdida con el traslado de unas 6 máquinas enormes cargadas en un par de camiones desde otra ciudad a casi 1.000 kilómetros hasta Santa Cruz, con el alquiler de una casa y el arreglo ex profeso para albergar una fábrica (que incluyó hasta la construcción de un galpón en el patio), con la transformación del tendido eléctrico de 220 a 380 volts y un transformador, con la contratación de “una química” que preparara los caldos y otros personajes, con la compra de insumos y azucar, pagos y coimas a la Honorable Alcaldía, declaraciones tributarias medias truchas, etc.

A esas alturas, había evaluado el negocio y llegado a la conclusión de que el tiempo que demoraría en vender esas maquinarias era el mismo (más o menos) que hubiera esperado por el pago de mi deuda, es decir, mucho. Por lo tanto, ¡decidí dedicarme a heladero! Ya había perdido US$ 15.000 de la deuda, más unos US$ 10.000 en todas esas otras peripecias… ¿Qué importaba seguir perdiendo un poco o mucho más si me iba a divertir? Nunca había sido industrial. El dinero va y el dinero viene, y nunca me ha faltado. Este no era mi único emprendimiento. Y en una de esas tenía éxito y recuperaba todo y me sobraba para comprarle un departamento a Donald Trump en la quinta avenida de Nueva York.… o me dedicaba a asaltante de bancos para recuperarme. Cualquier pronóstico era, por lo menos, divertido.

De helados, lo único que sabía era lengüetear. Así, slurp slurp. Nada más. Así que me fijé en la planchita de las maquinarias (eran Fischer, argentinas), conseguí la dirección en Internet, me comuniqué con los tipos, y cualquier día tomé el avión a Buenos Aires acompañado de un mecánico-eléctrico que me ayudaba en otros emprendimientos, y estuvimos una semana aprendiendo el uso de las máquinas y algunas recetas y secretos que nos permitieran comenzar. En esa semana ni salí a tomar cafecitos ni a piropear mujeres ni asistí al Colón (que tanto me gusta)… todo fue trabajo y aprendizaje y luego carrera al aeropuerto para volver a casa. A la fábrica.

Cuando faltaban pocos días para abrir y estaba preparando mis presupuestos, de pronto la planilla del Programa de Producción pegó un grito: ¡faltan carritos! En efecto, los helados se venden en la calle, en carritos empujados por hombres, con sus respectivas placas gélidas internas para que no se derritan…. Corrimos todos buscando donde se fabricaban o compraban los susodichos carros. Descubrimos que eran traídos desde Brasil y el que los traía no tenía en stock y nos aseguraba unos 50 carros para un mes más. Y estábamos a una semana de abrir la puerta. ¿Solución? Encontramos una fabriquita, de esas chicas y humildes, con máquinas hechizas, con sabor y olor a pobreza, que tenía 35 carros útiles, y le compramos toda la producción de los próximos 2 meses a condición de que nos entregue sus carros mientras llegaban los nuestros. El pobre hombre casi saltaba de la sorpresa y de alegría… y con un cambio de pintura solucionamos nuestro problema.

Mientras tanto, entre la química y mi fierrero (mecánico y eléctrico) se daban maña para experimentar con caldos y mezclas y sacar sabores que fueran diferentes. Recuerdo uno en especial: cuando llegué me hicieron cerrar los ojos, abrir la boca, y me depositaron en la lengua una mezcla realmente deliciosa. Realmente deliciosa. La saboreé con los ojos cerrados, pero cuando los abrí… la bendita mezcla era lo más parecido en apariencia a la mierda que había visto. De color marrón, con vetas negras y beiges entremezcladas… ¿Y esto? ¿Qué es? ¿Mierda con sabor? Habían logrado el mejor sabor de la industria mezclando no se qué con frutas autóctonas, tamarindo entre ellas, pero…. difícilmente el público aceptaría esa apariencia. Estuvimos casi media hora riendo a carcajadas hasta que les planté un carajazo por boludos y… a seguir experimentando. A partir de ahí, cada vez que un sabor no salía como lo queríamos, la química (Susana) nos decía con esos ojos maliciosos y juguetones que tiene la mujer camba “¿Y por qué no probamos con el helado de mierda de nuevo?”

Al fin abrimos la puerta. Hicimos la primera carga el día anterior, la dejamos las 24 horas exigidas a – 10 Cº y esperamos a que se presenten los 40 “carreros” que habíamos entrevistado los días anteriores… y llegaron 9. ¡Apenas 9! ¿Qué pasó? Ahí me enteré que este negocio es así, que no se saca nada con tener plata, que es la gente la que lo mueve. ¡Y a la maldita gente no le daba la gana de trabajar! ¿Y quienes son “la gente”? Son indios recién llegados del interior, que se descuelgan a Santa Cruz huyéndole al hambre de sus pueblos y buscando trabajo en el oriente. Son totalmente ignorantes, muchos ni siquiera mastican el español, y ni de mano de obra sirven… pero son ideales para empujar un carro con helados durante toda la jornada por estos días estivales del oriente boliviano, con temperaturas que a veces se encaraman a los 40 Cº. La coca, que acullican el día entero, los salva del cansancio y del calor. Como máquinas de empujar, son ideales, pero como trabajadores… ¡son realmente una mierda! ¡Una verdadera mierda! ¡Lo vuelven loco a uno! No saben de horarios ni de disciplina ni de higiene ni de asistencia, y es en vano que uno les muestre un plano y les diga “tú vas a andar desde aquí hasta allá” porque ni conocen la ciudad ni jamás habían visto un plano anteriormente. Caminan por donde les da la gana y muchas veces me encontré a dos y hasta tres de mis vendedores caminando juntos y hablando en su idioma, cagados de la risa, mientras la ventas… bien no más. Como sea, son los bueyes que se tienen y con ellos hay que arar… Y por Dios que me costó arar. Muchas de las actuales canas se las debo a “mi personal” pero también muchas de mis mejores carcajadas.

Otra vez recibimos la visita de algunos vecinos, que de muy buenas maneras nos hicieron notar que nuestra fábrica estaba atrayendo a todos los enjambres de abejas de la región. En efecto, la fábrica y sus instalaciones estaban protegidas por puertas colgantes plásticas y membranas de aire, pero afuera… los restos de caldo y los lavaderos de los carros estaban rebosantes de dulce. Dulce, dulce, para todas las abejas que quisieran venir a banquetearse. Ese sí que fue problema para solucionar: miles de abejas zumbaban en nuestros oídos, y obviamente en los oídos de todo el barrio. Al final, no tuvimos mas remedio que contratar una empresa de fumigación y hacer matanza de abejas. Tratamos de hacerles ver que debían irse pero las pobrecitas no nos hicieron caso; también pusimos un letrero que decía “Se prohíben las abejas”… pero las pobrecitas no sabían leer. Felizmente, nuestra “solución final” funcionó, aunque fue doloroso el remedio. Pobres bichitos, lo único que querían era llevar azucar a su enjambre para fabricar su miel, pero pusieron en peligro a todos los niños y habitantes del barrio. No se podía hacer otra cosa. Después, con una fumigada al mes bastó para alejarlas definitivamente.

Mil y unas experiencias tuve con mi fábrica. Pese a que todo el mundo me decía “te estas llenando de plata con los helados”, la verdad es que la fabriquita era una espita abierta por donde salía el dinero a borbotones. Y sin retorno. Y con los amigos había que poner una sonrisa medio misteriosa mientras mentalmente se contaban… las pérdidas. Felizmente, lo que me entraba por mis otros emprendimientos era muchísimo mayor que lo que me salía por éste, así que lo consideraba como el costo de mi entretención, una farra en la vida, la que nunca me había dado hasta ese entonces. Era como tener una chola cara y ya un par de veces en mi vida había sabido qué era eso y cuánto cuesta mantener a una mujer vistosa. Pero al final la economía pasó su factura: podía seguir perdiendo indefinidamente dinero con los helados si me daba la gana, pero lo que no podía hacer era dedicarle porciones cada vez mayores de mí tiempo porque eso me arrastraba al pozo. Cuando la fábrica de helados representó casi un 50% de mi tiempo laboral, corté por lo sano y decidí cerrarla, porque uno podrá enamorarse de una mujer pero no de un objeto. Y mi entretención no era más que eso, un objeto.

La puse en venta, y ¡oh sorpresa! Llovieron los compradores. Cuando las vendía como máquinas, nadie quiso comprarlas, pero como fábrica armada y funcionando, todos la querían. Son las insondables leyes de la economía. Su precio era todo lo que había perdido en ella, incluida la inversión, unos US$ 80.000,00 y hubieron dos interesados que estaban dispuestos a ese precio… pero a crédito. Como no nací ayer, y una de las cosas que hago bien es negociar, terminé permutando mi fábrica de helados por una movilidad japonesa de esas grandes, color bronce metálico, último modelo, con papeles legales (después descubrí que no tanto, pero ¿qué será lo que no se puede solucionar en esta vida con la brisa de un billete en la cara del que puede solucionar las cosas?), llena de guarifaifas electrónicas de todo tipo, asientos de cuero legítimo full reclinables, sistema de control de robos satelital, vidrios ahumados polarizados, y todos los etcéteras que se les ocurran, con valor de US$ 50.000,00 con lo que volví a perder la deuda original. El vehículo nunca me gustó mucho (era muy vistoso, y por lo tanto peligroso. Aquí matan hasta por una bicicleta) y casi no lo usé. Un par de meses mas tarde, entró mezclado en otros negocios y lo perdí de vista.

Después de dos años de esta aventura “industrial”, salí como entré….. ¡¡Pero me entretuve más que si me hubieran invitado con derecho a uso al harem del Sheik de Arabia!! A veces, cuando reviso estados de cuentas y otras planillitas, o estoy en esas aburridas reuniones en que los tontos graves hablan más grave aún y ponen caras de Doctores en algo, me acuerdo de mi fabriquita y me entra una nostalgia….

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