El Describidor


Manteniendo viva la llama del amor
febrero 17, 2008, 2:15 pm
Filed under: Cultura, Sensualidad

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Manteniendo viva la llama del amor. La neurociencia intenta explicar las razones biológicas por las qué algunas parejas siguen enamoradas después de varios años juntos.

Ann Tucker empuja un carro de compras por la sección de frutas y verduras de un supermercado en Plainview, Nueva York, cuando se da vuelta para besar a su marido. El beso en el supermercado es un ritual normal para la pareja. Así como lo es el beso en el restaurante y en los semáforos.  ¿Creo que nos besamos mucho¿, reconoce la señora Tucker, de 39 años, quien es matemática y trabaja en una firma de gestión de recursos.  Ann Tucker está viviendo como en un cuento de hadas y los científicos tienen curiosidad de saber por qué. Ella pertenece a un pequeño grupo de mujeres y hombres que dicen vivir atrapados en la etapa inicial del amor pese a llevar años de matrimonio, tener empleos agitados y otras presiones diarias que normalmente deterioran la pasión.

La mayoría de las parejas considera que el sentimiento embriagante, casi narcótico, del inicio del amor da paso a un vínculo más calmado. Ahora, investigadores utilizan la ciencia para estudiar a Tucker y otras personas que viven romances que suelen estar reservados a las páginas de las novelas. El estudio podría ayudar a revelar los mecanismos de la pasión eterna y, tal vez un día, llevar a descubrir la forma de restaurarla.

Filósofos y escritores han examinado la pasión y el amor por muchos años. En el siglo XIX, se sumaron psicólogos y sociólogos a la discusión y en los últimos años también lo han hecho los neurocientíficos. Si bien el amor ha estado históricamente vinculado con el corazón, ellos están buscando respuestas en el cerebro, utilizando imagenología magnética y otras herramientas modernas para tratar de delinear la ruta neuronal del amor.

Los psicólogos que estudian las relaciones humanas confirman la sostenida disminución del amor romántico.  Cada año, según encuestas, las parejas promedio pierden algo de chispa. Un estudio sociológico sobre satisfacción marital realizado por la Universidad de Nebraska-Lincoln llevó registro de más de 2.000 personas casadas durante 17 años. La felicidad marital promedio disminuía precipitadamente en los primeros 10 años y luego continuaba cayendo más lentamente.

A fines de agosto, la señora Tucker visitó el centro de diagnóstico cerebral por imagen de la Universidad de Nueva York. Allí, le hicieron una resonancia magnética funcional al cerebro en un aparato especial mientras miraba una fotografía de su marido. Las máquinas registraron cambios en los niveles de oxígeno de la sangre que nutre el cerebro.  Debido a que el cerebro provee rápidamente sangre fresca a las áreas en funcionamiento, los investigadores lo utilizan para ver cuál es la parte más activa del cerebro durante tareas mentales como reconocer palabras o sentir amor.

Pocos científicos han utilizado las resonancias magnéticas para estudiar el amor, debido en parte a que los investigadores debaten si es una buena forma de medir estados mentales subjetivos. El primer estudio ampliamente divulgado, publicado en el 2000, escaneó el cerebro de hombres y mujeres que decían estar locamente enamorados.

Dicho trabajo descubrió evidencia de que el amor deja sus marcas en el cerebro.

Arthur Aron, psicólogo social de la Universidad de Stony Brook colaboró en un estudio que iría más lejos. Publicado en 2005, ayudó a establecer el vínculo entre el amor romántico y el denominado circuito de recompensa, el cual los científicos creen que está vinculado con ciertas motivaciones profundas como la sed o la drogadicción.

Aron se unió a la antropóloga Helen Fisher, de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, y la neurobióloga Lucy Brown, de Einstein College of Medicine en Nueva York, y examinaron los flujos de sangre en el cerebro de 17 voluntarios, la mayoría universitarios, a quienes se les realizaron escáners mientras miraban fotografías de sus parejas.

Los investigadores descubrieron una fuerte actividad en una región del cerebro conocida como área ventral del tegmento, la que es rica en dopamina, un químico cerebral conectado con los sentimientos de placer. Algunos estudiantes de Aron obtuvieron los mismos resultados en China, reforzando la teoría de que el amor romántico tiene una base biológica que no tiene vínculos culturales.

Sin embargo, ninguno de los estudios publicados se concentró en las relaciones a largo plazo de las personas, debido principalmente a la dificultad de encontrar parejas enamoradas por más de una década para comparar resultados en el transcurso del tiempo.

Además de Tucker, los científicos también encontraron a Michelle Mordan, una consultora de 59 años que se casó con Billy Owens hace 14 años y todavía busca la mano de su marido siempre que está cerca.  ¿Es algo que nos sale naturalmente¿, comenta.

Hasta hace poco, la mayoría de los neurocientíficos veían al amor como un tema que era mejor evitar, pero un número creciente de estudios muestran que nuestro afecto tiene un fondo neurológico.

Sue Carter, una experta en neuroendocrinología de la Universidad de Illinois en Chicago, ha estudiado durante años las similitudes en el cerebro de un tipo de ratón de campo típico de Norteamérica que es monogámico, y los humanos. Carter ha ayudado a establecer un vínculo entre la monogamia del roedor y la oxitocina, la llamada hormona del amor, que ayuda a unir las parejas en el reino animal.

Psicólogos y científicos sociales trabajan en otro campo, aplicando sus teorías respecto del amor en experimentos sociales y sondeos. La investigación de Aron y sus colegas refleja una creciente colaboración entre las ciencias sociales y la neurociencia.

En la prueba de la señora Tucker, su cerebro reaccionó a la foto de su marido con una fuerte actividad en el área tegmental ventral. “No es algo que yo esperaría después de 11 años”, comenta. “Pero tenerlo es como un regalo”.

Aún queda mucho por hacer antes de que los científicos puedan mapear el sistema que rige el afecto humano y conocer los factores que lo influencian. Y una droga para el amor es un sueño aún mucho más lejano.  “Siempre jugamos con la idea, pero en el corto plazo, nadie cree que eso sea realista”, dice Aron.

Sam Schechner, Wall Street Journal

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