El Describidor


Mujeres que escriben de mujeres que escriben
marzo 11, 2008, 7:55 pm
Filed under: Cultura, Sensualidad
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Hay límites y hay límites, lo importante es saber dónde y cómo aplicarlos. Muchas veces se tilda de femenino, en la literatura, sólo lo casero, simplón y hasta cursi. Dos autoras reflexionan…

Si digo mujer, ¿escribiré?

Daniela Renjel

Los últimos años, literariamente hablando, se han caracterizado por un inusitado impulso a la escritura femenina. Premios, concursos, coloquios y estudios confirman el hecho de que la voz femenina ha tomado forma, y al margen de ser escuchada merece ser promovida. Todo esto, sin duda, se desprende de una nueva conciencia que, buscando combatir un aún presente patriarcado, promueve un “nuevo decir” que rectifique el silencio de tantos años.

Si bien es innegable que la cultura patriarcal ha sido un obstáculo para que las mujeres se manifiesten artísticamente en general, no puede negarse que quien ha tenido algo importante que decir no ha dejado de hacerlo excusada en esta dificultad. Tenemos como uno de los mayores ejemplos a Sor Juana Inés de la Cruz, quien, según dicen las malas lenguas, se hizo monja para que la dejaran pensar en paz, y bien sabemos que su trabajo dio mucha tela que cortar.

Sin seguir ejemplos tan extremos, podemos citar a varias escritoras que han encontrado el modo de no renunciar a su pasión y vocación más allá de las limitaciones genéricas y sociales. Tenemos así a Emily Dickinson, a quien aconsejaron no publicar por la densidad que presentaban sus versos; a Emily Bronte y Mary Shelley, en el siglo XIX; Clarice Lispector o Margo Glanz, en el XX, quienes se distinguieron no por ser mujeres que escribían, como si eso fuera en sí mismo una proeza, sino porque propusieron y trabajaron una particular mirada femenina o feminizante de las cosas cuando no estaba de moda hacerlo.

Lamentablemente, en muchos sectores se ha circunscrito “lo femenino” a un hacer de las mujeres simplemente, como si cualquier producción femenina respondiera por oposición a “lo masculino”. De tal suerte que en muchas ocasiones simplemente se ha trasladado a la escritura el drama casero de la vida de las mujeres ajenas a todo poder y nada más. Es decir, se ha hecho de la escritura un arma para retratar un “universo femenino” relativamente pobre, literariamente hablando, que ha ido cambiando conforme las mujeres han conseguido mayores libertades, equilibro e igualdades, lo que no significa en modo alguno que la escritura femenina haya cambiado radicalmente. Entonces, estamos frente a un problema central: ¿qué debemos entender por escritura femenina? ¿Simplemente la producción de una mujer? ¿O es que esta escritura debe cumplir con un cierto código, ética, forma o mirada?

Considero que “lo femenino” merece una reflexión, en vista de que la feminidad o la feminización es un concepto que requiere una práctica. Si una escritura reproduce los códigos de otra, no merece un análisis distinto. Es decir, por qué estudiar como femenina una literatura que cuente las penas o triunfos de una mujer postmoderna, si el propio hacer de la escritura no hace más que cambiar de género al personaje. Esta protagonista es más emprendedora, más desinhibida, más dueña de su cuerpo, pero juega el mismo juego, sólo que al otro lado de la cancha.

Una escritura femenina tendría que proponer otro acuerdo y otras reglas, no tan sólo otros personajes y otros escenarios, ya que lo que cuenta es el trabajo desde la palabra y el silencio que subvierte el orden establecido: el orden doméstico, cultural y sexual, principalmente. Esta práctica lograría poner en palabras el silencio de lo que no se ha dicho todavía o de lo que no puede decirse en general, no sólo a causa de una subyugación machista.

Es decir, en una escritura legítimamente femenina habría un trabajo desde la escritura de lo que es ser mujer, pero también de lo que es ser hombre, porque lo que se deconstruye para volver a construir es el propio ser. Por lo tanto, si aceptamos, ante la evidencia, que para este tipo de producción no se necesita ser mujer, o que ser mujer no basta, habrá que concluir que una literatura trascendental no tiene ni tuvo sexo, o que algunos hombres son perfectamente capaces de producir una escritura femenina.

* Literata y cantante lírica

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Cuestión de lenguaje, no de biología

Virginia Ayllón *

Partamos de una constatación: la literatura es lenguaje y no hay cosa más humana que el lenguaje, ergo, no hay nada más social que el lenguaje. De ahí alguien podría concluir que entonces todo lo social deja su marca en la literatura. Y yo no estaría de acuerdo, no afirmaría tal cosa. ¡Menos mal que lo social (es decir lo histórico, otra hechura humana) no hace relación exacta ni directa con el arte!

“No contaminar la literatura con hechos extraliterarios” suelen decir quienes rechazan una posible literatura femenina. Mas no dicen lo mismo cuando se habla de literatura infantil o más aún de literatura boliviana o literatura contemporánea. “En literatura no hay géneros, sólo hay buena o mala literatura” suelen argumentar en contra de una posible literatura femenina y a continuación suelen hacer horrorosas —éstas sí extraliterarias— comparaciones, y dicen: Gonzalo Rojas es mejor que Isabel Allende y punto, ahí no hay género. O sea, no se vale, digo yo. No se vale poner “extraliteralidades” para unas cosas sí y para otras no.

No puedo defenestrar la literatura infantil comparando Shakespeare con Andersen, como no puedo hacerlo con la literatura boliviana comparando a cualquier nacional vate con Octavio Paz. A nadie se le ocurre decir que en literatura no hay geografía y, por lo tanto, no hay literatura boliviana o peruana, hay buena o mala y punto. Todo lo anterior me sirve para poner en su lugar a quienes desde un tapado machismo se hacen los muy literatos con el manido: no hay géneros en literatura, hay buena o mala y nada más. Pero yo coincido con quienes dicen que no hay género en la literatura.

Si la literatura es tema de lenguaje, lo biológico no ha de determinar el aura de la escritura. Más aún, ni siquiera la construcción social de género ha de determinarla. Hay mujercitas muy educaditas que escriben como mujercitas y que el mercado sabe tragarlas muy bien (desde la Allende hasta la Zoe Valdez), como hay varoncitos muy varoncitos que a fuerza de escribir desde un lenguaje muy anterior, muy desde la concavidad matriarcal, muy desde el lenguaje anterior a la Ley del Padre (y voy con Freud, Lacan, Deleuze, Derrida, Xixous, Irigaray y Kristeva) escriben en “femenino”. Algo hay que hace diferentes, totalmente diferentes, a la Woolf y la Serrano, y algo acerca a la inglesa con su contemporáneo Joyce y a éste con la Clarice Lispector y a ésta con Bolaño.

En realidad, yo creo que todo buen escritor es un escritor femenino y como todo buen lugar, éste de la escritura femenina no es visitado ni por muchas mujeres ni tampoco por tantos varones. ¿Que ellos publican más o que a ellos les publican más? ¿Que si hay temáticas para unos y para otras? ¿Y dónde pongo “La educación sentimental”? ¿A la literatura mayor (porque no hay literatura masculina) por su autor o a la femenina por el tema? Es que hay otro tema, ya para finalizar, y es que particularmente en Bolivia el mundo de la literatura está cuajado, lleno, abarrotado, explotado por críticos literarios, quienes, para fines de sus drafts, ponencias y demás, están obligados, metodológicamente, a crear compartimentos a fin de ser estudiados. O sea ¿cómo se llamaría un conjunto que tenga a la Woolf, a la Eliot, la Pizarnik, la Ahmatova y la Zamudio? Eso no más es, lo demás son profundidades del lenguaje y de su papel en la constitución de los sujetos, es decir, es nada más y nada menos que una cuestión de género.

* Escritora y literata boliviana

Fuente: laprensa.com.bo

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