El Describidor


El sentido político del arte
marzo 12, 2008, 1:21 pm
Filed under: Cultura, Sensualidad
arte.jpg

En estos días de consecuencias políticas y ambientales, ¿Qué significa hacer arte hoy en nuestro país? La realidad ya no es más un paisaje urbano o rural, sino una complejidad inédita que nuestra mente reconstruye según su capacidad para simplificar y minimizar su influencia sobre nuestras vidas.

Hace poco la Galería de Arte Contemporáneo El Kiosko de Santa Cruz, organizó acertadamente una exposición con el significativo nombre de “Políticamente incorrecto”, curada por Raquel Schwartz y Rodrigo Rada, para convocar a algunos artistas de La Paz, Santa Cruz y Cochabamba a reflexionar desde el arte, acerca del particular momento político-social que vive el país. De diversas maneras, esta exhibición nos confirmó que el arte contemporáneo más reflexivo, no ha dejado de ser, a partir de la modernidad vanguardista, un discurso contra los poderes establecidos, sean estos referidos al sistema político —oficialistas y opositores—, a las estructuras sociales, al sistema cognitivo o episteme, como a los sistemas del arte.

El arte sigue siendo, en efecto, un lugar de resistencia natural a toda forma de convención, imposición o arbitrariedad social; un lugar abierto a ideas y a prácticas radicalmente alternativas; un lugar de construcción, mas que de representación o rei-teración de la realidad, donde la creación artística y la creación política se unen de modo natural, quizás no del modo cómo el panfleto o la militancia lo preferirían, ya que, vale la pena repetirlo, el arte contemporáneo es una actividad critico-reflexiva acerca del presente, donde la creación se manifiesta más en el concepto o significado, que en el modo sensible de la forma o el oficio. En efecto, una pieza artística es fundamentalmente una metáfora de carácter epistemológico, en tanto manifestación sensible de la idea o concepto, que no obedece a la lógica del rendimiento, a la eficacia inmediata determinada por la industria o al sistema de consumo.

Sin embargo existe todavía la extemporánea idea oficial de que el arte es una especie de paliativo existencial de carácter estético, un ornamento culto que eleva la calidad de la vida de modo sofisticado; por eso la actitud lógica de menosprecio de algunos gobiernos al arte y la cultura, que prefieren atender necesidades más urgentes y vitales; por eso leemos en revistas de actualidad columnas que titulan “Cultura y Ocio”. Pero este malentendido no sólo es responsabilidad de ellos, sino también de muchos artistas en nuestro medio que aún cultivan la belleza, pensando que eso es hacer arte. Es decir, trabajan en un campo fundamentalmente retinia-no y vinculan la creación, más a conceptos espaciales que a significados; sus obras son la celebración de lo neutro y de lo pulcro, pero siempre tiene que ver con los deseos y los gustos del mercado y lo que los coleccionistas desean en sus paredes. Schiff, un historiador reconocido, se preguntaba “¿Puede el arte ser estéticamente bello cuando su contenido implica temas sociales o políticos?”, es decir, ¿No existe conflicto entre la belleza y los discursos socioeconómicos? La belleza es complaciente por naturaleza, el conocimiento no.

No es que la belleza no exista en el arte contemporáneo, sólo que, desde el siglo XIX la belleza ya no forma parte intrínseca del arte, ni siquiera de modo superficial; es sólo un medio entre muchos otros, no un fin. En todo caso, si la belleza ha jugado un papel en la historia del arte, ha sido asociado al conocimiento. Joseph Beuys, el pionero del arte contemporáneo, resume este papel con una magnifica frase que se conecta con lo que era la belleza para los griegos y renacentistas: “La belleza es el esplendor de la verdad”.

Esto significa plantear un arte de carácter cognitivo que, como todo conocimiento, cuestiona lo real, comentándolo críticamente, extendiéndolo o proponiendo realidades alternativas, obviamente no por medio del manido lenguaje discursivo y sus reglas sino a través de aquello que es capaz de detonar un conocimiento en el espectador. Por eso, no hay arte allí donde, como en la publicidad, se reafirma lo real y lo evidente, aunque la manera de hacerlo sea innovadora.

Hay una cierta ingenuidad al pensar que es suficiente servirse de los materiales de la vida cotidiana o la imagen publicitaria, para que los objetos artísticos producidos de ese modo, tengan un valor crítico en relación con el mundo político o económico que habitan. En realidad una excesiva proximidad con la industria cultural, la publicidad, la moda y el esquema del mercado en gene-ral, evita pensar la posibilidad de plantearse el problema desde otra perspectiva. A muchos artistas contemporáneos, sobre todo de Europa y Estados Unidos, les gusta afirmar después de cada exposición, que sus obras “cuestionan el mundo contemporáneo” (“cuestionan” la imagen, la publicidad, los medios, el poder, etc), cuando en realidad son asimilados como auxiliares del mercado, el capital y el poder, y armonizan perfectamente con los principios de la realidad establecida.

El problema es entonces, crear ámbitos críticos creativos, ya no alrededor de una supuesta realidad artística-ontológica, sino acerca de lo que nos concierne, de nuestra existencia social, cultural y política; crear dispositivos y estrategias preceptúales, procesos sensibles, diferentes, sutiles, a veces necesariamente herméticos, que cuestionen las certezas y las evidencias obvias y, por tanto, el dogmatismo que sustenta la realidad y la cierra, mermando así nuestra capacidad de sentir y pensar. Se trata entonces de inscribir esos dispositivos en términos de acción artística, en los términos del enigma que implica el arte. La pregunta es ¿Cómo inventar políticamente hoy esos dispo-sitivos que puedan crear verdaderamente intervenciones o formas de percepción distintas, que se inserten insidiosa y efectivamente en esta compleja realidad que nos atañe cada vez más?. No será, por cierto, acudiendo al recurso simplista y aparentemente obvio de colocarse a priori al frente y hacer una oposición adversa al gobierno. De este impulso están hechos los panfletos y cosas peores.

En tiempos de dictadura la respuesta es simple; las cosas están colocadas en blanco y negro desde que un artista puede ir preso; sólo queda oponerse a la arbitrariedad unidimensional del poder no importa como; pero en tiempos de democracia esa arbitrariedad del poder está dispersa por naturaleza; lo plural, lo diverso y los matices son importantes de un modo complejo.

En ese sentido, la verdad de nuestro tiempo no está en lo que oímos o leemos cotidianamente, sino en la complejidad que implica reflexionar una información multirreferencial.

Ramiro Garavito, lostiempos.com

Anuncios

Dejar un comentario so far
Deja un comentario



Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s



A %d blogueros les gusta esto: