El Describidor


Represión del EROS
junio 12, 2008, 7:13 pm
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El Eros es el amor de Dios encarnado en el mundo que busca continuamente síntesis nuevas y mas satisfactorias de todas las manifestaciones de la experiencia que constituyen el universo. A nivel humano, el Eros busca, en primer lugar, modelos más luminosos de comprensión y formas más entrañables de establecer una comunidad. El Eros está en el corazón del sistema de motivación de cada uno. Se trata de la centella divina interna. Puede y debe ser fiado. El Eros sabe lo que más deseamos y necesitamos. Desafortunadamente, la educación infantil y las practicas pedagógicas de nuestra sociedad están basadas en una desconfianza profunda del Eros de los niños. Queremos que los niños dejen de actuar por sus propias motivaciones. No queremos que se dediquen a aquellas actividades y relaciones que más anhelan, por las que más curiosos están y que mas les entusiasman. Queremos que los niños renuncien a toda unicidad en sus puntos de vista. Deben compartir sin críticas los puntos de vista, amores, odios, prejuicios y enemistades de su sociedad.

Aquellas agresiones sobre los niños las cuales pretenden reprimir su Eros alienándolos de sus propias motivaciones y puntos de vista han sido, en ocasiones, llamadas “domesticación”. Las practicas crueles y violentas que se emplean a menudo para domesticar los caballos proporcionan una metáfora apta para una serie de prácticas atroces de educación infantil. Si un niño no puede ser “domesticado” con humillaciones o palizas, deben usarse subterfugios. Recientemente, el grado de represión necesaria para el funcionamiento normal de nuestras escuelas se realiza con drogas. Les damos ritalin porque ya no podemos pegarles. Desde luego, esto se hace siempre por “el bien” del niño. Muchas veces se llama terapia. Pero en realidad, la represión del Eros ocasiona danos profundos en la salud afectiva e interpersonal.

El depósito central del deseo en los humanos no es, en su estado natural, como lo retrató Freud en su concepto del ego, un monstruo antisocial concentrado únicamente en los más abyectos tipos de placer y deseoso de destruir la estructura social, en el caso de que ésta se entrometa. Es importante rectificar esta imagen negativa de lo que más desean los hombres, porque sirve de justificación para todas las prácticas negativas que se imponen con regularidad sobre los niños. En la medida en que las más poderosas fuerzas vitales de los niños lleguen a parecerse al ego de Freud, es porque estas fuerzas han sido distorsionadas por la represión y el miedo.

Los niños no necesitan ser domados. Desde el momento en que nacen, los niños buscan relaciones afectivas. Los niños son sociales de naturaleza. Quieren complacer a los adultos e imitar a los que admiran. Más que nada, quieren ser parte de un conjunto. Los niños son curiosos de naturaleza. Están llenos de preguntas; quieren saber todo. No hace falta domarles para que se socialicen o se interesen por el aprendizaje. La “domesticación” de los niños produce, en realidad, impulsos antisociales y destruye la curiosidad natural, que debe ser la motivación primordial para el aprendizaje. La sociedad que requiere la domesticación de los niños para sobrevivir no es una sociedad que merece ser conservada. Ni siquiera los caballos necesitan ser domados.

La sexualidad es sólo una de las formas que toma el Eros. Sin embargo, en nuestra sociedad, la sexualidad tiene un significado especial, porque los ataques más feroces al Eros de los niños suelen ser dirigidos hacia el cuerpo y sus deseos. El mito del niño asexual se utiliza para justificar la alineación de los niños de sus propios intereses y deseos sexuales. Cualquier acto de parte del niño que ponga en duda este mito causa preocupación y se confronta con medidas punitivas. De mala gana se les permite a los niños masturbarse, raras veces pueden andar desnudos, se les hace avergonzar si expresan demasiado interés por el cuerpo de otros, se les humilla si su interés erótico se dirige a los del mismo sexo y se les ataca verbalmente e incluso físicamente si se dedican a juegos sexuales con otros niños. Y en el caso de que un niño muestre la manifestación erótica más horrible de todas, es decir interés erótico por un adulto, se considera como prueba de que ha sido abusado. El efecto acumulativo de todo ello es que los niños adquieran la experiencia de que el cuerpo es un lugar de impulsos peligrosos, vergonzosos y sucios. Ésta es la manera normal de criar niños en nuestra sociedad. Así lo hace un padre o maestro bueno.

Cuando el Eros natural de un niño es destruido, éste siente rabia. Los impulsos eróticos no ceden, aunque su expresión se prohíba. Estos impulsos se enconan fuera del alcance de la conciencia verbal y surgen con la rabia creada por la represión. Finalmente, estas energías combinadas vuelven a surgir, en la forma de metáforas de rabia sensualizada: la porra, el ariete, la espada, la pistola, el avión o coche potente, el misil y la bomba. Esta rabia tiene que ser desplazada; tiene que ser dirigida lejos de los padres, profesores y asistentes responsables de la represión. Es demasiado difícil vivir sin la aceptación y el apoyo de las personas que uno quiere. Sin duda, no se les quiere destruir. Así pues, la rabia sexualizada es desviada y dirigida hacia los enemigos. Cualquier grupo que se pueda considerar infrahumano servirá del imprescindible cabeza de turco. La represión del Eros de los niños lleva, a la larga, a la creación de ciudadanos violentos y vacíos, alienados de sus necesidades y deseos reales y ansiosos de perseguir y hasta matar a enemigos de varios tipos. Una sociedad basada en la represión del Eros necesita enemigos.

No es, en primer lugar, en las pautas excepcionales y anormales donde debemos buscar las semillas de la violencia de esta sociedad. La violencia es más bien iniciada, mantenida y fomentada por las prácticas normales y aceptadas de educación de nuestros hijos y de tratamiento entre nosotros. Naturalmente, toda sociedad se resiste a permitir cualquier puesta en duda seria de sus posturas fundamentales de cara a la vida normal. Pero esto es lo que es preciso si hemos de ser menos violentos. Específicamente, tenemos que reexaminar la postura bien arraigada de que la vida civilizada exige represión. Tenemos que examinar nuestro miedo al Eros y todas las prácticas pedagógicas y de educación infantil que proceden de este miedo.

Autor: W. R.

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