El Describidor


Los crímenes sexuales de la Casa Blanca
junio 23, 2008, 3:00 pm
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Los crímenes sexuales tienen características que los distinguen, aun cuando quienes dirigen los ataques sean los hombres y mujeres más poderosos de Estados Unidos. Así, es sorprendente enterarse que una de las personas que llevaron a cabo esos crímenes, Condoleezza Rice, acaba de encabezar los debates de la sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sobre el uso de la violencia sexual como arma.

Sentí un déjà vu cuando vi las fotografías tomadas en la prisión de Abu Ghraib que se publicaron en 2004. Mientras la administración Bush trataba de explicar que la tortura que habían sufrido los prisioneros era obra de “unas cuantas manzanas podridas” de bajo rango militar, yo sabía que estábamos viendo evidencias de una política sistémica dictada desde los niveles superiores. No es que yo sea brillante. Simplemente, al haber trabajado en un centro de atención a personas violadas y estudiado los aspectos básicos de los crímenes sexuales, he aprendido que todos los predadores sexuales actúan siguiendo determinados patrones reconocibles.

Sabemos que la tortura de los prisioneros fue el resultado de una política fijada en la Casa Blanca por el ex Secretario de la Defensa Donald Rumsfeld, el Vicepresidente Dick Cheney y Rice -quien de hecho presidió las reuniones sobre el tema. El Pentágono también ha reconocido que autorizó el abuso sexual contra los detenidos como parte de las prácticas de interrogación que podían aplicar las interrogadoras de sexo femenino. Y en documentos que obtuvo la Unión Estadounidense por los Derechos Civiles (ACLU por sus siglas en inglés) Rumsfeld, en sus propias palabras, “supervisaba” la humillación sexual de los prisioneros.

La sexualización de la tortura desde los niveles superiores esencialmente convirtió a Abu Ghraib y Guantánamo en una organización de crímenes sexuales en la que los esclavos eran los prisioneros detenidos por Estados Unidos. Al considerar la clásica naturaleza sadomasoquista de estas torturas, es difícil no especular que todo esto excitaba a alguno de los que decidían las políticas.

Las torturas no sexuales que se cometían iban desde golpear y sofocar, aplicar electrodos a los genitales y privar del sueño hasta colgar a los prisioneros por las muñecas y aislarlos hasta inducir la psicosis. Estos abusos violan el derecho tanto estadounidense como internacional. Tres ex procuradores militares que reconocieron esta verdad pura se negaron a participar en los “tribunales militares” más bien “tribunales espectaculares”orientados a condenar a los hombres cuyas confesiones se habían obtenido mediante la tortura.

Si bien ahora podemos discutir cuál debe ser el castigo por los simulacros de ahogamiento, Estados Unidos como país mantiene un extraño silencio y no puede debatir los crímenes sexuales que se llevaron a cabo.

¿Por qué? No se puede pretender que los crímenes sexuales que los líderes estadounidenses autorizaron o toleraron no son evidentes: ahí están las imágenes de los prisioneros varones con las cabezas cubiertas con ropa interior de mujer, los informes documentados sobre militares mujeres que embadurnaban de sangre menstrual los rostros de los prisioneros y sobre interrogadores militares que los obligaban a simular que tenían relaciones sexuales entre ellos, a introducirse objetos o permitir que se los introdujeran. En efecto, la Ley de Comisiones Militares se redactó con lagunas deliberadas que daban inmunidad a quienes practicaban muchos tipos de humillaciones y abusos sexuales.

También hay testimonios de mujeres soldados como Lynndie England que indican que se obligaba a los prisioneros a masturbarse, así como un memorándum del FBI en el que se objetaba la política de las “técnicas de interrogación altamente agresivas”. En el memorándum se cita el caso de una interrogadora que untaba loción a un prisionero esposado mientras le susurraba al oído durante el Ramadán, cuando el contacto sexual con una extraña sería muy ofensivopara inmediatamente doblarle los pulgares hacia atrás, hasta que hacía muecas de dolor, y estrujarle violentamente los genitales. Con el tiempo, los abusos sexuales en las prisiones administradas por Estados Unidos empeoraron y llegaron a incluir, según los médicos que examinaron a los detenidos, la sodomía.

Todo esto puede sonar extraño si uno es una persona normal, pero es la forma común en que actúan los delincuentes sexuales. Quienes trabajan en este campo saben que una vez que un delincuente sexual controla a una víctima impotente, invariablemente rebasará los límites con comportamientos cada vez más violentos. Los delincuentes comienzan por desnudar a sus víctimas, pero una vez que han rebasado ese límite, es probable que la víctima hable de penetración oral y anal, de que se le hizo sentir dolor y miedo crecientes y de que el delincuente actuó de forma cada vez más descuidada a medida que perdía sus inhibiciones.

También es probable que el delincuente comience a formular racionalizaciones cada vez más complicadas y a menudo argumenta que sus ataques son por el bien. Al final, se culpa a la víctima de los abusos: en el caso de los detenidos, si tan sólo se “comportaran bien” y confesaran, todo eso no les sucedería.

El silencio, e incluso la colusión, también son característicos de los crímenes sexuales en una familia. Los estadounidenses se están comportando como una familia disfuncional al proteger con el silencio a sus criminales sexuales.

Así como se juzgó y sentenció a los delincuentes sexuales y a los líderes que dirigieron el uso de las violaciones y abusos sexuales como estrategia militardespués de las guerras en Bosnia y Sierra Leona, los estadounidenses deben exigir que rindan cuentas quienes cometieron o autorizaron los crímenes sexuales en las prisiones administradas por Estados Unidos. Esta criminalidad perversa y gráfica ha alimentado la preocupación en todo el mundo por el poder cultural y militar de Estados Unidos. Es necesario llamar a estos actos por su nombre crímenes de guerra y crímenes sexualesy el pueblo de Estados Unidos debe exigir justicia para los delincuentes y sus víctimas. Al igual que en una familia, el proceso de recuperación sólo puede comenzar cuando se empieza a hablar en público y a decir la verdad sobre las violaciones y los ataques sexuales.

Autora: Naomi Wolf, autora de The End of America: Letter of Warning to a Young Patriot y de Give me Liberty: How to Become an American Revolutionary, que se publicará próximamente, es cofundadora de la American Freedom Campaign, un movimiento democrático estadounidense.

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