El Describidor


San Antonio de Aritumayu, un paraiso en la tierra
julio 2, 2008, 2:50 pm
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Emplazada muy cerca de Sucre (Bolivia), esta hacienda le ha dado nueva vida a una zona casi olvidada. Hoy, el lugar es un paraíso donde los visitantes pueden disfrutar de lo más bello de la naturaleza y hasta conocer un poco de historia.

Parece otro mundo, al menos uno muy distinto al del siglo XXI. Aquí en San Antonio de Aritumayu, a contrapelo de lo que pasa en incontables lugares de Bolivia y el planeta, la vida avanza.

Apenas traspasados los límites de Sucre, la batalla se siente y se respira. Una sólida e imponente guardia de eucaliptos le cierra el paso a la vanguardia de los desiertos posmodernos. Y poco a poco, los árboles frenan al cemento, la hierba a la tierra seca, el agua pura y clara a los ríos muertos.

Mil metros de descenso, y surge un imperio de pinos. El cielo es todo azul y las montañas completas de variados verdes.

De pronto, surgen dos imponentes acueductos de aproximadamente 120 y 80 metros de largo y 20 a 25 metros de alto. Levantados hace un siglo, hoy ofician prácticamente de portales.

Otros mil metros más abajo y el tercer color dominante es cristal: el río Aritumayu divide la cañada pelando rocas, reventando cascadas y abriendo pozas. Seguirle la corriente significa descubrir a cada palmo helechos, musgos, begonias, cactus, zetas, alisos, kewiñas…

Pese al principio de invierno, la brisa llega tibia. Donde calma el sonido del agua, el silencio se alterna con el aleteo de aves, la zambullida de ranas o la fuga de alguna vizcacha. Indudablemente, este bosque ha renacido.

La historia no podía ser sencilla ni breve. Hace 28 años aquí hubo algo así como un pacto entre la Madre Naturaleza y el hombre, mejor dicho, y un hombre.

“Empezamos en 1990”, recuerda José Andrade Arias, “teníamos un pequeño fundo. Estaba ya totalmente despoblado de árboles debido a la intensa tala. El sobrepastoreo de las cabras y el ganado de los campesinos del entorno afectaba a los suelos. El paisaje se había vuelto agreste. Peor aún, en fiestas como la de Navidad o San Juan venía la gente a arrancar de raíz diversas plantas. Entonces decidí hacer forestación”.

Empezaron así, según recuerdan también los miembros de la Asociación Sucrense de Ecología (ASE), cinco años de campaña contra la deforestación de la zona. En ese tiempo se consolidó un bosque de cuatro especies de coníferas. Poco después, los propietarios de dos fundos aledaños gravemente afectados ofrecieron a Andrade sus tierras “para que las llene de árboles”.

La labor requería de ciencia y pericia técnica. Agrónomo y ambientalista, José Andrade, debió incluso importar especies y organismos que coadyuven a regenerar los suelos. En forma paulatina fueron sumándose a la labor sus hijos. Paralelamente tuvieron que encarar el cercado y la inacabable vigilancia frente a quienes porfían en segar lo que otros plantan. Al crecer los árboles, empezó el milagro.

Ayuda de la naturaleza

Pinos y eucaliptos comenzaron a proteger el área de vientos y aires fríos que bajaban de la cordillera de Chataquilla y las altas montañas. A partir de ese escudo se generó un microclima. Y los habitantes de otros tiempos empezaron a volver al entorno del Aritumayu. Otros nuevos también lo escogieron como su refugio. La operación resistencia y retorno alcanzó tal éxito que investigadores de la Universidad de San Francisco Xavier han descubierto dos especies de cactáreas de características únicas en la región. Asimismo, han observado ranas consideradas en peligro de desaparecer. No se descarta casos similares entre una creciente cantidad de aves nocturnas que anida en los cañones del río.

Los proyectos para que reciban la protección Cites, el convenio internacional para la preservación de las especies en riesgo de extinción, están en marcha. También se iniciaron diversas catalogaciones. Basta señalar, por ejemplo, que San Antonio de Aritumayu contiene al menos 50 tipos de plantas medicinales.

Los beneficios llegan también a campesinos y empresarios. Los primeros cosechan parte de la ingente cantidad de hongos comestibles que crece en las pendientes. Rescatadores peruanos les compran actualmente el kilo a 15 bolivianos. Se sabe que luego dicha producción, embolsada y esterilizada, es exportada desde aquel país a EEUU a un precio de 30 dólares por kilo. “El nuevo clima incluso ha permitido la producción de maíz”, explica José Andrade.

Por su parte, el escudo externo de eucaliptos resulta aprovechado por madereros. Desde hace varios años se ha instalado inclusive una proveedora de postes de luz eléctrica. También algunos pequeños artesanos trabajan muebles en madera de algunas especies de pino. Todo bajo el debido replantado.

Una experiencia única

Por su parte, el agrónomo Andrade y su familia apostaron desde hace casi un lustro al último eslabón de su proyecto: un albergue ecoturístico. Buscan convertirlo sobre todo en un centro de encuentros para ambientalistas. A pocas semanas de su inauguración oficial, ya varias delegaciones de visitantes extranjeros y nacionales conocieron el bosque renacido. Lo recorrieron en caminatas, cabalgatas o montados en bicicletas de montaña. Y, pese al principio de invierno, también cedieron al magnetismo de las pozas profundas y se zambulleron en el Aritumayu.

El bosque de nuevo. Quien sabe por ello hombres de épocas remotas se acercaron tanto al río cristalino y sus árboles. Porque, para variar, a 10 kilómetros de San Antonio, se encuentran caminos precolombinos y pinturas rupestres en las zonas de Patatoloyo, Inca Machay y Mama Wasi. También se hallan cerca las comunidades indígenas de las culturas Jalkha y Chupa. A sólo 20 kilómetros se ubica el cráter de Maragua y a 25 las huellas de dinosaurios.

Hoy San Antonio de Aritumayu ocupa 79 hectáreas. El trabajo de Andrade suma bosque nativo y bosque implantado. Los expertos de la Universidad de San Francisco Xavier consideran que se trata de una experiencia única en el país. Auguran además que pueda replicarse pronto en Chuquisaca, un departamento donde el 48 por ciento de su territorio resultó esterilizado por la erosión. Más del 25 por ciento se encamina hacia ese mismo destino. Mientras tanto, sólo 3 por ciento de la geografía departamental es apta para cultivos.

“San Antonio de Aritumayu es un ejemplo de lo que se puede lograr aplicando las técnicas de reforestación”, explica Gerónimo Rivera. “Los campesinos podrían encarar planes similares y potenciarse con proyectos sostenibles”. Catedrático en San Francisco y ex presidente de la ASE, Rivera describe el acentuado proceso de desertización que ha afectado al departamento. “Tras agotarse las tierras, se ingresó en una agricultura casi nómada, sembrando en pendientes. Talas, chaqueos, el proceso de erosión ahora se extiende hacia el sur. Las autoridades deberían pensar en proyectos como éste y ayudar a preservarlos”.

Pese al éxito y las ponderaciones, a este singular bosque aledaño a Sucre no le faltan peligros. Algunos madereros arrastran eucaliptos destrozando los senderos. Hay también quienes acercan sus cabras y ganados al área fértil. Otros amenazan las vertientes del río con cañerías descuidadas. Los reclamos a las autoridades resultan generalmente estériles.

Sin embargo, el bosque de San Antonio de Aritumayu se muestra floreciente. A sólo 18 kilómetros de la capital, virtualmente oculto, se asemeja a un oasis secreto, cargado de sorpresas. Como si una rebelión de gnomos, sirenas, silfos y salamandras hubieran confabulado con los Andrade para contrariar a un planeta que rutinariamente se autodestruye. No es poco, levantaron juntos el nuevo bosque.

Parece otro mundo.

Autor: Rafael Sagárnaga López, Revista Oh!, lostiempos.com

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